Día Mundial de los Cuidados Paliativos
sábado 10 de octubre de 2020

Día Mundial de los Cuidados Paliativos

En el marco del Día mundial de los Cuidados Paliativos, la Ps. María Eugenia Gasparý, integrante del Servicio de Oncología Médica y Cuidados Paliativos de Grupo Gamma, nos invita a reflexionar sobre el rol del psicólogo en los Cuidados Paliativos.


“Cuando toca, toca” dijo el médico con el que trabajo. Yo quedé perpleja. Lo dijo como respuesta a un comentario que le hice en relación a un joven paciente. Y lo hizo de la manera que a él lo caracteriza, desde un lugar de respeto. Con su saber y su templanza infinita por los años de experiencia en el tema.

Sin deliberarlo demasiado y a raíz de una invitación que recibí, comencé hace muchos años a trabajar en Psicooncología. No terminaba de darme cuenta cuál era, ni del porqué de mi incomodidad, pero sentía que acarreaba como una pieza suelta que al andar me hacía ruido. Hace unos años me fue propuesto integrar también el equipo de Cuidados Paliativos, ambos pertenecientes al mismo Hospital Privado (HPR),de la Ciudad de Rosario. Efectivamente el horizonte podía ser diferente. Concretamente descubrir que cuando para el paciente ya no hay chances curativas, lo que se nos presentan es otro tipo de oportunidades. Para mí fue un alivio acercarme más al sufriente y acompañarlo todo el recorrido. Continuar trabajando con los paliativistas en este otro tiempo que se le presenta al paciente y a su círculo afectivo. En definitiva, no renegar insensatamente con la inexorable incertidumbre y por supuesto, con el final de vida. El 10 de Octubre de 2020 se celebra el Día Mundial de los Cuidados Paliativos. Honrando dicha fecha decido escribir estas líneas.

Uno de los primeros pacientes que me permitió acompañarlo tenía 70 años y se encontraba con enfermedad avanzada en los pulmones. Tuvimos unos encuentros durante su internación donde además de presentarnos, él me compartió su historia de vida y entonces comenzó a hablar de su sufrimiento. Dijo que su malestar físico comenzó en la misma época que le sucede lo más doloroso de su vida, la pelea y distanciamiento entre sus dos hijos.

Frente a mi pregunta acerca de qué fue lo que sucedió entre ellos para que quedaran sin dirigirse la palabra, él responde que no conoce las causas. Lo único que sí sabe es el gran dolor que esta situación de indiferencia mutua entre ellos, le viene produciendo. No puede entenderlo.

Le pregunto si él ha hablado con sus hijos, pero lo hago aclarándole: “no para que sus hijos adultos cambien de opinión, sino para que sea usted mismo quien pueda transformar semejante dolor improductivo, silencioso, en un dolor más tolerable”. Es decir, con mi intervención apuntaba a devolverle todo el valor, toda la dignidad que tiene la palabra en tanto es usada para enunciar desde una posición subjetiva, asumiendo lo que cada quien tiene para transmitir. Pero él no había podido hacer más que guardarse esta pena que tanto sufrimiento le generaba. Y lo hizo durante años.

Al cabo de unas semanas le dan el alta con una internación domiciliaria. Aunque luego de un tiempo vuelve a internarse. Recibe el alivio sintomático correspondiente por sus dolores actuales. Y volvemos a encontrarnos, pero ya casi sin voz, debido a la progresión de su enfermedad y con muchísimo esfuerzo para hablar de parte de él y lo mismo de parte mía para conseguir escucharlo.

Antes de retirarme de la habitación, saludándonos con las manos tomadas, le pregunto por sus hijos, si había podido hablar con ellos. Y comienza a emocionarse. Con los ojos empañados, agradece respondiendo que sí, que había hablado. Sólo repetía una palabra: “gracias”, mientras apretando mi mano sostenía emocionado su mirada. Serena, pero firme. La casi inexistente fuerza en sus palabras se había trasladado a su mirada. Lo que aún poseía de energía en ese instante lo manifestaba por allí, por donde todavía podía, a través de sus ojos.

Ese fin de semana, falleció. Más allá de poder apreciarlo en su mirada y en sus propias palabras con las que testimonió una parte de su final de vida; al resto del equipo también le llega un mensaje de agradecimiento de parte de su familia por la atención general recibida. Murió tranquilo, con su mujer y sus dos hijos al pie de su cama. Me sentí conmovida. Porque hubo una huella, que más allá de lo que pudiera pretender o no, ya había sido introducida en mí.

El valor de la palabra no tiene medida.

Me permito opinar desde mi práctica, la cual está basada en la construcción a partir de las palabras. Desde allí trabajo, son la materia prima, recurso simbólico indispensable para transitar la vida. Ineludibles en el trabajo subjetivo.

Actualmente la realidad se nos presenta alterada debido a la pandemia que estamos atravesando. Del mismo modo en que nos desajustó en varios órdenes de la vida, también sucedió en la escena hospitalaria. En este momento, existen gestos propios de quienes trabajamos con pacientes internados que nos están prohibidos; como arrimarnos una silla (a veces muy cerca) para poder conversar. Asimismo, el saludo está dislocado. Hoy, el hecho de entrar a una habitación “escondida” debajo del barbijo y la máscara de protección facial permiten que lo único que más o menos se pueda dar a ver sea la mirada. El resto del rostro se sospecha o se intuye. Tampoco está presente el contacto físico con el paciente, a fin de saludarlo como habitualmente lo hago. Además de la incomodidad del disfraz, al abrir la puerta cuento con un “Buen día, ¿puedo pasar?” transmitido a través de la voz, los ojos, y del gesto corporal que acompaña lo enunciado. ¡De todos modos sigo apostando, pandemia mediante! Decido hacer uso de lo que se encuentra disponible y avanzar desde allí, con lo que sí se puede.

Desarrollar parte de mi práctica en el área de cuidados paliativos me resulta inspirador. Allí se activa y propicia el encuentro con uno mismo. Porque la pregunta no se nos presenta exclusivamente asociada a la existencia y al devenir del otro. Sino que luego de algún recorrido (como si se tratara de las vueltas de un barrilete en el aire que en el momento en que el viento cesa comienza a aterrizar) también recae sobre uno mismo. Entonces se vuelve insoslayable. En este sentido hay un punto donde nos sentimos interpelados. En mí han tenido el efecto de lanzarme a aquel lugar al que el proverbio hindú hace referencia: “los vivos cierran los ojos de los muertos, y los muertos abren los ojos de los vivos”. Se trata de ese lugar donde la elección de trabajar con el sufrimiento de quienes atraviesan el proceso de morir, obsequia la posibilidad de apertura a una cierta nueva forma de mirar, de leer lo que acontece, más allá de lo que se nos da cotidianamente a ver. Que los ojos de la muerte dejen de horrorizar y comiencen a movilizar es una maravillosa transformación y enseñanza. Verdaderamente una experiencia de vida que cambia la vida.

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