¿Por qué nos olvidamos de las cosas incluso siendo jóvenes?

Estrés y selectividad de la memoria desde una mirada neuropsicológica.
Te pasó entrar a una habitación y no recordar a qué ibas, olvidarte de algo que te habían dicho hace un rato o recordar con claridad una discusión pero no qué hiciste el resto del día? No es casualidad. La memoria no funciona como una grabadora que registra todo de manera fiel sino que es selectiva, dinámica y profundamente sensible al estrés.
En la adultez joven, una etapa atravesada por múltiples demandas simultáneas, el estrés se vuelve frecuente. Y aunque solemos pensarlo como algo emocional, también tiene efectos concretos sobre el funcionamiento del cerebro, especialmente en los sistemas de memoria.
¿Qué es el estrés?
El estrés es una respuesta biológica compleja que involucra al sistema nervioso y al sistema endocrino. Ante una situación percibida como desafiante o amenazante, se activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, lo que lleva a la liberación de cortisol, conocida como la principal hormona del estrés.
En niveles moderados y de corta duración, esta activación mejora la atención y la capacidad de respuesta. Sin embargo, cuando el estrés es intenso o crónico, el exceso de cortisol comienza a afectar estructuras cerebrales clave para la memoria, como el hipocampo, la amígdala y la corteza prefrontal.
¿Cómo funciona la memoria en el cerebro?
Si bien no hay un solo tipo de memoria, la memoria episódica, que es la encargada de guardar las experiencias personales, es el resultado de la interacción entre distintas estructuras cerebrales, sostiene la Lic. Luján Calabresse.
El hipocampo, ubicado en el lóbulo temporal medial, cumple un rol central en la formación y consolidación de nuevos recuerdos, especialmente los de tipo episódico. La corteza prefrontal, por su parte, participa en funciones ejecutivas como la atención, la organización y la recuperación estratégica de la información. La amígdala, también en el lóbulo temporal, está involucrada en el procesamiento emocional y modula la intensidad con la que se almacenan ciertos recuerdos.
Estas estructuras no funcionan de manera aislada, sino en red, integrando aspectos cognitivos y emocionales de la experiencia.
¿Cómo afecta el estrés a la memoria?
El impacto del estrés puede observarse en las distintas etapas del proceso mnésico.
Durante la codificación, la corteza prefrontal dorsolateral, clave para la atención y la memoria de trabajo, se ve afectada por niveles elevados de cortisol. Esto dificulta sostener la concentración y organizar la información; así, la atención se dispersa o queda centrada en preocupaciones, lo que impide registrar adecuadamente lo que se está aprendiendo.
En la fase de almacenamiento, el hipocampo resulta particularmente vulnerable al estrés crónico. El exceso de cortisol puede alterar su funcionamiento e interferir en la consolidación de los recuerdos. Esto explica por qué, en contextos de estrés sostenido, no solo cuesta aprender, sino también fijar lo aprendido.
En la recuperación, la interacción entre la corteza prefrontal y el hipocampo se vuelve menos eficiente bajo presión o estrés. Esto puede generar bloqueos momentáneos, como la sensación de mente en blanco, donde la información está almacenada pero no se logra acceder a ella.
La selectividad de la memoria: el rol de la amígdala
Uno de los aspectos más relevantes es que el estrés no solo afecta cuánto recordamos, sino también qué recordamos.
La amígdala cumple un papel clave en el procesamiento emocional. Cuando una experiencia tiene una carga emocional significativa, especialmente negativa o amenazante, la amígdala se activa y potencia la consolidación o almacenamiento de ese recuerdo en el hipocampo. Como resultado, recordar situaciones cargadas emocionalmente, como una discusión o un momento incómodo, es más probable mientras que otros aspectos más neutros pasan desapercibidos.
Un aspecto central es que la memoria no registra todo de la misma manera sino que bajo condiciones de estrés, tiende a volverse más selectiva.
¿El estrés siempre es perjudicial?
Desde la neurociencia, se sabe que niveles moderados de activación favorecen el funcionamiento de la corteza prefrontal y mejoran la atención y la memoria. Sin embargo, cuando el nivel de estrés supera cierto umbral, el sistema se desregula y el rendimiento disminuye. Esto explica por qué en algunas situaciones el estrés puede ser útil, mientras que en otras resulta claramente perjudicial, afirma la Lic. Calabresse.
Estrés y estilo de vida en adultos jóvenes
En la actualidad, la adultez joven se caracteriza por un alto nivel de estimulación y demandas simultáneas. La multitarea, el uso constante de dispositivos digitales y la dificultad para sostener la atención generan un contexto que favorece la sobrecarga cognitiva.
Esta fragmentación de la atención impacta directamente en la codificación de la información. Cuando no se presta atención de manera sostenida, los recuerdos se forman de manera más débil, lo que dificulta su posterior recuperación.
A su vez, el estrés sostenido en este contexto puede amplificar estas dificultades, generando una sensación frecuente de fatiga mental.
Consecuencias en la vida cotidiana
El impacto del estrés en la memoria se traduce en experiencias concretas. Es común la presencia de olvidos frecuentes, dificultades para concentrarse y la sensación de tener la mente saturada o nublada.
También puede observarse una mayor tendencia a recordar experiencias negativas, lo que influye en el estado emocional general. Estas manifestaciones no deben interpretarse como fallas individuales, sino como respuestas del cerebro a un estado de sobrecarga.
¿Qué se puede hacer? Una mirada aplicada
Desde la neuropsicología, se sabe que ciertas condiciones favorecen el funcionamiento óptimo de la memoria.
- Dormir bien es fundamental, ya que durante el sueño el cerebro organiza y consolida los recuerdos.
- Reducir la multitarea y enfocarse en una actividad a la vez, limitando las distracciones, mejora la calidad de la codificación de información.
- También ayuda repetir la información en distintos momentos y asociarla con ejemplos concretos.
- Generar pausas a lo largo del día permite que el cerebro descanse y procese mejor la información.
- Además, escribir o anotar lo importante actúa como un apoyo externo de la memoria. Permite liberar carga de la memoria de trabajo y reducir la sobrecarga mental.
- La actividad física regular y moderada favorece la neuroplasticidad y mejora la irrigación cerebral. Además, contribuye a regular el estrés, generando un efecto indirecto sobre la memoria.
- Incorporar estrategias de regulación del estrés, como la respiración consciente o momentos de desconexión durante el día contribuye a reducir la acumulación de sobrecarga mental.
- Las emociones no procesadas consumen recursos cognitivos. Poder identificarlas, expresarlas o darles un espacio reduce su interferencia sobre la atención y la memoria.
- La interacción social saludable no solo mejora el bienestar emocional sino que tiene efectos directos sobre el cerebro, sobre el estrés y la memoria, debido a que el vínculo con otros actúa como un regulador natural del sistema nervioso.
Entonces, intervenir sobre el estrés no solo mejora el bienestar emocional sino también la calidad de nuestros recuerdos porque, en definitiva, mejorar la memoria no depende solo de hacer más esfuerzo, sino de crear condiciones que le permitan al cerebro funcionar con mayor claridad.


