Me diagnosticaron hígado graso: ¿tengo que controlarlo?
Cuando una enfermedad sin síntomas puede convertirse en un problema serio para la salud.

¿Sabías que 1 de cada 3 personas presentan hígado graso? En las últimas décadas se ha convertido en una epidemia, impulsada por los cambios de la vida moderna: nos movemos menos, pasamos más horas sentados y consumimos cada vez más alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y comida rápida.
El hígado graso, o esteatosis hepática, es una enfermedad que se define por la acumulación excesiva de grasa en el hígado. El término “esteatosis hepática metabólica” (MASLD, por sus siglas en inglés) se refiere a la acumulación de grasa hepática asociado a condiciones metabólicas como la diabetes, el sobrepeso, la hipertensión arterial o niveles alterados de colesterol/triglicéridos, siendo hoy la causa más frecuente de enfermedad hepática crónica en el mundo.
El consumo de alcohol puede empeorar el escenario. El alcohol por sí solo puede generar acumulación de grasa en el hígado, pero cuando se combina con factores metabólicos, el riesgo de daño hepático aumenta significativamente.
El hígado graso: ¿Un enemigo silencioso?
El hígado graso suele evolucionar en silencio. Su presencia nos alerta de que nuestro organismo está “metabólicamente ineficiente”. Pero no todos los pacientes con hígado graso presentan el mismo riesgo de sufrir una enfermedad hepática severa a largo plazo. En la mayoría de los casos la enfermedad hepática no progresará a estadios avanzando, siendo sólo un reflejo de la necesidad de mejorar hábitos, buscar una mejoría en la composición corporal y reforzar los controles con el cardiólogo. Sin embargo, hay un grupo de pacientes que tendrá progresión del daño del hígado: 2 de cada 10 pacientes desarrollarán inflamación hepática (denominado esteatohepatitis metabólica o MASH) y de este subgrupo a su vez, sólo 2 de cada 10 pacientes presentarán fibrosis y cicatrices que se acumularán con los años, e incluso con el tiempo evolucionar hacia la cirrosis hepática.
Por ello es fundamental identificar a aquel grupo de pacientes en riesgo, quienes realmente se beneficiarán de un control constante con el especialista en el que podemos incluir a los mayores de 50 años, con diabetes, exceso de peso, colesterol o triglicéridos elevados, o antecedentes familiares de cirrosis hepática.
Se debe tener presente que tener riesgo no quiere decir presentar la enfermedad, solo es clave realizar los controles para implementar tratamientos con el fin de disminuirlo cuando existe o tratar el daño que ya se encuentra instaurado.
Cambiar los hábitos para cambiar la vida
Los cambios en el estilo de vida constituyen la base del tratamiento. Una alimentación tipo mediterránea rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, carnes magras y pescado, frutos secos y aceite de oliva, junto con una reducción de peso del 7 al 10 %, ha demostrado mejorar la enfermedad. Es importante destacar que no existe un peso ideal. Es la grasa visceral (el exceso de centímetros en la cintura) el principal parámetro a cambiar.
La actividad física por lo tanto se vuelve otro pilar fundamental, buscando combinar actividades aeróbicas (al menos 150 minutos semanales) con ejercicios de fuerza, para preservar la masa muscular.
Evolución farmacológica
Actualmente estamos viviendo un momento único en el manejo de la esteatohepatitis metabólica, con avances muy importantes en la terapia farmacológica disponible. Contamos con fármacos que mostraron disminuir la grasa hepática y mejorar la fibrosis, modificando así el curso de la enfermedad y su pronóstico. Algunas de estas terapias están disponibles en Argentina, mientras que otras se encuentran en proceso de aprobación.
El hígado graso o esteatosis hepática metabólica se ha convertido en uno de los principales problemas de salud hepática. Detectar la enfermedad a tiempo puede marcar la diferencia.


