El capitán de nuestro cerebro: las "funciones ejecutivas"
Las funciones ejecutivas son las habilidades que nos permiten planificar, organizar, tomar decisiones, adaptarnos a los cambios y resolver situaciones cotidianas. Conocer cómo funcionan y cómo estimularlas también es parte de cuidar la salud cognitiva y preservar nuestra autonomía a lo largo de la vida.

Cuando pensamos en nuestro cerebro y en el paso del tiempo, sobrevuela la figura de un nombre: el olvido. Nos inquieta no recordar el apellido de un actor o dónde dejamos las llaves del auto. En la consulta diaria, la memoria es la soberana de las preocupaciones. Sin embargo, hay otra capacidad cognitiva que es la verdadera protagonista de nuestra independencia, y casi nadie habla de ellas: se trata de las funciones ejecutivas.
Si consideramos a la memoria como el archivo donde guardamos los libros de nuestra vida, las funciones ejecutivas son el bibliotecario que decide qué hacer con ellos, cómo organizarlos y qué priorizar. La función ejecutiva es el capitán del barco de nuestro cerebro. Y cuando ese capitán se cansa o enferma, nuestra rutina diaria empieza a desorganizarse.
Analicemos el siguiente escenario en donde se refleja el despliegue de la función ejecutiva:
Imaginá que estás preparando una cena para seis personas. Tenés que calcular los ingredientes, revisar que la carne esté a tiempo mientras picás las verduras, responder al timbre si llega alguien tempranamente y cambiar el menú a mitad de camino porque uno de los comensales es vegetariano.
Para resolver esa situación, no solo necesitás memoria; necesitás tu corteza prefrontal, la zona del cerebro situada justo detrás de la frente. Ella es la sede de las funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades elevadas, complejas, que nos permiten adaptarnos al entorno. Las funciones ejecutivas se asientan en tres pilares:
1- La memoria de trabajo: La capacidad de mantener y utilizar información durante un breve período. Es nuestro “pizarrón mental”, que nos permite, por ejemplo, recordar las instrucciones de una receta mientras cocinamos o calcular el vuelto en una compra.
2- La flexibilidad cognitiva: Es la capacidad de cambiar de estrategia cuando algo no funciona o la posibilidad de adaptarnos a los imprevistos. Si la calle por la que siempre vamos está cortada, la flexibilidad nos permite buscar una ruta opcional.
3- El control inhibitorio: Es la capacidad de frenar impulsos, resistir distracciones y mantener el foco en una meta. Nos permite ignorar las distracciones (como el sonido del celular mientras trabajamos) y controlar los impulsos o comentarios inapropiados.
Cuando organizar lo cotidiano se vuelve más difícil
El compromiso de las funciones ejecutivas no se manifiesta porque alguien se olvide de un cumpleaños, sino porque cambia su forma de resolver situaciones cotidianas. Analicemos cómo se evidencian:
Bloqueo de la iniciativa: Cuando una persona sabe que debe pagar una factura, tiene el dinero, pero no logra comenzar. No es necesariamente pereza, sino una posible dificultad ejecutiva para organizar e iniciar la acción.
Pérdida del "paso a paso": Dificultad para seguir secuencias complejas. Por ejemplo, preparar una comida que antes hacía de memoria y confundir el orden de los ingredientes o quemar los alimentos.
Rigidez ante los imprevistos: Cuando una modificación o imprevisto genera malestar, por ejemplo, al cambiar la ubicación de las góndolas del supermercado, una persona puede presentar una frustración intensa. La falta de flexibilidad cognitiva dificulta adaptarse a los cambios de la rutina.
Problemas con el manejo del tiempo: Calcular mal cuánto tiempo tardará en hacer algo, llegar siempre tarde o ser incapaz de priorizar lo urgente sobre lo secundario.
Estas dificultades pueden ser tan importantes como los olvidos, ya que afectan nuestra manera de desempeñarnos en la vida cotidiana. Sin embargo, el cerebro conserva la capacidad de aprender, adaptarse y modificar sus conexiones a lo largo de la vida. Esta capacidad se conoce como neuroplasticidad.
Neuroplasticidad: entrenar al cerebro para seguir navegando
Cada vez que aprendemos algo nuevo, nos movemos, conversamos o resolvemos un desafío, ponemos en acción esta capacidad.
Por eso, mantenernos activos física, mental y socialmente ayuda a seguir estimulando nuestro cerebro y favoreciendo un envejecimiento saludable.
Preservar nuestras funciones ejecutivas requiere un enfoque dinámico:
- Buscar la novedad y el desafío: Hacer siempre los mismos crucigramas o jugar al mismo juego de cartas no estimula al cerebro, porque este ya trabaja en "piloto automático". Para entrenar la corteza prefrontal necesitamos actividades que nos lleven a planificar y adaptarse: aprender un idioma, tomar clases de baile (donde hay que coordinar secuencias de pasos), o aprender a tocar un instrumento musical.
- Mover el cuerpo para encender la mente: El ejercicio físico aeróbico (caminar rápido, nadar, andar en bicicleta) aumenta el flujo sanguíneo en el lóbulo frontal y estimula la producción de una proteína llamada BDNF, que funciona como un "fertilizante" para las neuronas y sus conexiones.
- El descanso del cerebro: El estrés crónico atenta contra nuestra atención y nos lleva también a tomar decisiones erróneas. Usar agendas, listas y alarmas no es síntoma de debilidad; es una estrategia importante para "liberar " la memoria de trabajo y dejarle energía libre al cerebro para lo importante: ejecutar.
Cuidar nuestra salud cognitiva implica mirar más allá de la memoria: es observar cómo nos organizamos, resolvemos imprevistos y nos adaptamos a los cambios.
Estimular el cerebro es también cuidar nuestra autonomía y mantener el rumbo de nuestra vida.

